EL CUENTO QUE NUNCA SE CONTÓ (2016) Publicada en Bolivia

Nombre del ilustrador : Guiomar Mesa
Año de publicación : 2016
Lugar de publicación : La Paz
Editorial : Gisbert y Cia. S.A.
Colección : ---
Número de edición : Segunda
Número de páginas : 84 Páginas
ISBN : 978-99974-898-3-8
Depósito Legal : 4-1-4832-16

Un príncipe está atascado en una narración: una y otra vez es arrojado por un dragón hasta el inicio de la historia. ¿A qué se debe esto? Pues ni la voz narradora lo sabe,pero, junto con el príncipe, buscará respuestas. Así es como comienza una aventura en la que descubrirán el cuento que nunca se contó...

Fragmentos

I

EL PRÍNCIPE DE PAPEL

Una vez más, el Príncipe se precipitaba por el aire, como un proyectil disparado por una vieja catapulta. Cayó de bruces sobre la página llena de letras y éstas se estremecieron con fuerza. Detrás de él, cayó su espada y, por último, su escudo.

  • ¡Es la séptima vez que ese dragón me lanza por los aires de un coletazo!
  • Es la octava –aclaré.

El Príncipe miró desconcertado a todas partes, buscando a la voz que le hablaba. Es decir, a mí.

  • ¿Quién me habla? ¿Dónde estás? –preguntó inquieto.
  • Estoy aquí, arriba –le aseguré–. No, no… no mires al cielo, ni a las copas de los árboles, ni a las nubes, porque nunca me encontrarás. Estoy aquí, en el aire… es decir… en la nada.
  • ¿Cómo puedes estar en la nada? –cuestionó incrédulo.
  • A ver, Príncipe, vamos a aclarar esto –le dije para que me entendiera–. Tú eres el personaje de un cuento y yo soy la voz narradora. Las voces, como tú sabes, no tenemos cuerpo, sólo somos voces que contamos todo lo que nos pide un autor. Yo soy la voz narradora de tu cuento. ¿Estamos?
  • ¿Cómo que estamos? ¿De qué cuento me estás hablando? Ésta es mi vida y estoy pasando por un momento muy difícil. ¿No has visto cómo ese estúpido dragón me ha lanzado siete veces por los aires?
  • En realidad han sido ocho… Y ésta no es tu vida, es un simple cuento de hadas en el que tú eres el personaje principal.

En ese momento me di cuenta de que me había portado sumamente torpe. Jamás debí haberle dicho lo que le dije de una manera tan abrupta. Ante la revelación, el Príncipe se sintió desconcertado y comenzó a tartamudear. No le salían las palabras y empezó a retroceder con la mirada clavada en el infinito. Siguió caminando hacia atrás hasta que pasó lo que tenía que pasar: llegó hasta el borde de la página, perdió el equilibrio y cayó fuera del cuento.

  • ¡¡Aaaaaaay!! –alcancé a escuchar.

Menos mal que su “¡¡Aaaaaaay!!” tenía dos signos de admiración bastante largos. Soplé con fuerza sobre ellos y los signos salieron de la página, no sin antes engancharse de la “y”, como una cuerda salvadora de la cual el Príncipe se sujetó con ambas manos antes de caer al abismo que rodeaba la mesa de trabajo del autor. Poco a poco logró alcanzar el borde de la mesa, y luego, subir a la página. Cuando estuvo dentro, le expliqué que debía tener mucho cuidado al caminar por el cuento:

  • Los personajes no deben salirse de las páginas porque no sobreviven en la vida real –le dije–. Al ser únicamente trozos de papel, ocurre que, o se los lleva el viento, o alguien los pisa o terminan en la basura.
  • ¿Y cómo sabes que soy un personaje de cuento? –preguntó muy desilusionado–. Yo pensé que era un príncipe guapo, valiente y solidario que iba en busca de una princesa cuya vida estaba amenazada por un fiero dragón.
  • Que yo sepa, ningún Príncipe es guapo, valiente y solidario sin haber hecho nada en el cuento. Y, por lo que veo, tú ni siquiera venciste al dragón.

“Por lo visto, todos los autores de cuentos hacen lo mismo. ¡No tienen ideas originales ni creativas! Todos los príncipes son valientes y guapos, todas las princesas son bellas y casaderas, todas las brujas son feas y hechiceras… ¡Qué aburrimiento! Parece que estoy a punto de contar un cuento igual al resto de los cuentos…  Tedioso, pesado y poco original” pensé. Cuando me di vuelta, vi al Príncipe sentado sobre el borde de la página, pensativo y cabizbajo. Era comprensible. Acababa de enterarse de que era un simple personaje de cuento y que su vida no era real, sino una simple vida de papel. La verdad es que me dio mucha pena verlo así.

  • ¡No soy un príncipe de verdad! –se lamentaba–. Por lo tanto, mi vida no tiene sentido. ¿Para qué quiero ir a luchar contra el dragón…? ¡Encima, un dragón de papel! ¿Qué princesa puede necesitar la ayuda de un ingenuo príncipe de papel que no ha hecho nada en la vida?
  • ¡No dramatices! Al menos lo de guapo ya te lo tienes ganado –le dije con firmeza–. ¡Además, todas las vidas tienen sentido! Si no, mírame. Bueno, ya sé que no puedes verme, pues ni siquiera tengo un cuerpo; pero aquí estoy, hablando contigo.
  • ¿Y de qué nos sirve estar aquí sobre estas letras que ni siquiera sé lo que dicen? –cuestionó, desanimado.
  • No sé de qué nos sirve, también es mi primera vez aquí –respondí entusiasmada–. Pero te diré algo: el autor nos imaginó y nos creó; a ti te describió y a mí me dio una historia que narrar en estas páginas y así nos dio vida.
  • ¡Una vida de cuento! ¡Una vida de papel! Por lo tanto, una vida efímera y pasajera.

“¡Qué equivocado está el príncipe!”, pensé. Entonces volé a su lado, me puse lo más cerca que pude y le expliqué que la vida pasajera era la vida real, y que, al contrario de los seres humanos, nuestra vida era eterna.

Yo no lo sabía –le comenté–. Pero una de las primeras noches, cuando recién el autor me había dado vida, otras voces narradoras me convocaron a una reunión. ¿Puedes creer que todas las noches se juntan en el centro de la biblioteca del autor para contarse historias? Te aseguro que lo saben todo. ¡Y no sabes lo divertido que puede llegar a ser escucharlas narrar sus propios cuentos o recontar otros que fueron escritos hace cientos de años! ¡Uno aprende un montón! Así me enteré que yo soy una voz creada en este siglo, el siglo XVII, ¿sabes?, y que estoy en Madrid.

  • ¿Se reúnen? ¿Otras voces como tú se reúnen por la noche? –me preguntó el Príncipe con incredulidad.
  • ¡Claro! –afirmé–. Al principio, yo no sabía que podía dejar mi cuento; sin embargo, el no tener cuerpo tiene sus ventajas, porque puedes moverte a tu antojo en el tiempo y en el espacio. Vas y vuelves como si fueras una brisa transparente.

Luego le expliqué que en esa biblioteca me habían informado que una vez que un cuento se escribe, éste se convierte en libro, y que ese libro se conserva en las bibliotecas para siempre. Así, los personajes de los cuentos se mantienen dentro de su historia eternamente, y cada vez que alguien lee el cuento, los personajes reviven la historia una y otra vez. En cambio, los autores envejecen y mueren, aunque entre las cosas que dejan están sus libros, que sí son eternos.

  • Suena interesante –dijo el Príncipe, prestando un poco más de atención a mis palabras–. Sin embargo…
  • Sin embargo… ¿qué?
  • Sin embargo, aún no le encuentro sentido a mi vida de personaje. Además, tendré que hacer lo que el autor piensa que debo hacer y nunca seré un príncipe que piensa por sí mismo.

El Príncipe se sentó en el espacio que había en medio de dos párrafos y apoyó lentamente ambas mejillas en las palmas de sus manos. No dijo ni una palabra más… ¡Tenía una cara de tristeza!

Me conmovió verlo así y me sentí culpable por haberle revelado la verdad tan intempestivamente. Entonces, decidí salir volando de aquellas páginas para investigar por qué el Príncipe no había logrado vencer al dragón y había regresado a la primera página del cuento.

Ilustraciones